Usted está aquí: JESUS Ó da VINCI  

JESUS Ó DA VINCI

DEBIDO A LA CONTROVERSIA...

EN UN TEMA QUE EN ESTE MOMENTO ESTA OCASIONANDO TANTA CONTROVERSIA, HEMOS CREIDO OPORTUNO TRATAR DE AGRUPAR LAS OPINIONES SOBRE ELLO QUE VAYAMOS ENCONTRANDO EN DIFERENTES LUGARES.
LAS OPINIONES VERTIDAS NO SIGNIFICAN, INDUDABLEMENTE, QUE ESTEMOS DE ACUERDO CON ELLAS LOS EDITORES, PERO CREO QUE ES ENCESARIO QUE NO "TRAGUEMOS" CUALQUIER COSA POR MUCHA FAMA QUE OBTENGA, SI ESTA NO ES LA VERDAD


Código Da Vinci y danbrownismo

Pagina nueva 22
 
Dominical  
Mario Escobar 
 
[Versión impresa] [Enviar por email]

Código Da Vinci y danbrownismo

 
 
El mundo está viviendo una nueva Guerra Fría. El antiguo Telón de Acero ha vuelto a dividir a la humanidad entre los detractores y los seguidores del nuevo gurú Dan Brown. Hace varias décadas el historiador norteamericano de origen japonés, Francis Fukuyama lo anunció a los cuatro vientos: “se ha producido el fin de la Historia y el nacimiento del último hombre”, Robert Langdon.

Estamos sufriendo un nuevo asalto de danbrownismo. Pero, ¿quién es Dan Brown? Empecemos por el principio. Dan Brown se presenta como el hijo de un ilustre matemático y una compositora de música sacra. Profesor de inglés y casado, ha dividido su tiempo entre sus clases y la escritura de sus novelas. Poco más se conoce del nuevo creador del danbrownismo.

Pero, ¿qué es el danbrownismo? El danbrownismo no es una teoría nueva, más bien es la suma de varias teorías viejas puestas al alcance de un público poco acostumbrado a cuestionarse las cosas que lee o ve en los medios de comunicación. El danbrownismo defiende una concepción individualista del ser humano, en el que su héroe, Robert Langdon, es una mezcla de erudito y hombre de acción. Experto en simbología y conocedor de todos “los misterios de la humanidad”, con la respuesta precisa y un carácter atrayente. Robert Langdon representa al humanista, que tras una fina capa de racionalidad esconde una credulidad infantil. El hombre postmoderno en el que el infantilismo y la gravedad erudita se mezclan hasta formar el superhombre cacareado por Nietzche; hasta que el discurso del danbrownismo y el de Nietzche se confunden en las palabras de este último: “Solo nosotros los espíritus que nos hemos liberado estamos en condiciones de entender lo que durante diecinueve siglos se ha interpretado mal…La Iglesia ha sido edificada sobre la base de una oposición radical al evangelio…El evangelio murió en la cruz”.

La “gran mentira del cristianismo” escondida durante siglo ha sido por fin revelada, proclama la “nueva teoría”. El danbrownismo ha reavivado el antiguo discurso de la Nueva Era y lo ha extendido entre un gran público habido de preguntas, pero con una limitada capacidad de crítica. Los lectores, totalmente fascinados como la propia Sophie, escuchan en el capítulo 55 del libro la “fantástica” historia del Grial. Cuando el profesor Sir Leigh le pregunta a Sophie qué sabe del Nuevo Testamento, esta responde que nada. Volviendo a representar al lector medio de la novela. Entonces, el erudito Sir Leigh resume toda la teología en esta escueta frase: “Todo lo que nos hace falta saber sobre este libro, “la Biblia”, puede resumirse con las palabras del gran doctor en derecho canónico Martín Percy, “la Biblia no nos llegó impuesta desde el cielo”. Entonces, la inocente Sophie, recibe la gran revelación: “La Biblia es un producto del hombre, querida. No de Dios”. Ante las sorprendentes “revelaciones” de Sir Leigh, Sophie sigue la locuaz explicación del sabio, que le hace en dos frases la descripción de la historia de la humanidad, la figura de Jesús y una tesis descabellada sobre la elección de los evangelios por medio del emperador Constantino. Pero lo más curioso de la escena, no son las numerosas incorrecciones históricas; lo que realmente sorprende es la credulidad de Sophie y su pequeño aparato crítico.

El danbrownismo mezcla ficción y realidad hasta el punto de confundir donde empieza una y termina otra. Sophie, que representa al lector medio, asume toda la información y la asimila con rapidez sin llegar nunca a cuestionarla.

La última escena es harto significativa; Langdon cae postrado de rodillas ente María Magdalena, que representa a la divinidad femenina perdida. El hombre racional sucumbe ante el canto de sirena de un nuevo paganismo. De rodillas, postrado ante su nuevo ídolo, Langdon le rinde su último homenaje.

 

Mario Escobar Golderos, licenciado en Historia, diplomado en Estudios Avanzados por la Universidad Complutense de Madrid y director de la revista “Nueva Historia para el Debate”.

© M. Escoba, ProtestanteDigital.com (España)

 
[Versión impresa] [Enviar por email



Respuesta definitiva al Código Da Vinci

Pagina nueva 22
  El · en la palabra  
Juan Antonio Monroy 
 
[Versión impresa] [Enviar por email]

Respuesta definitiva al Código Da Vinci

 
 
UNA RESPUESTA DEFINITIVA AL “CÓDIGO DA VINCI”, por Ben Witherington, Publicaciones Andamio, C/ Alts Forns 68, Sót. 1º, 08038 Barcelona, 2005, 224 páginas.

En junio de 2004 escribí para esta revista digital dos artículos en torno al libro de Dan Brown EL CÓDIGO DA VINCI, que por entonces estaba haciendo furor. Leí la obra de Brown dos veces. A medida que leía tomaba notas, desarrollaba ideas, esquematizaba temas, todo con la iintención de responder a las barbaridades de Dan Brown. Me fue imposible. El trabajo del día a día, en el que entre otras muchas tareas dedico siete horas diarias a escribir, me impidieron cumplir mis anhelos.

El tiempo es un ladrón que roba nuestras expectativas y se las lleva hacia un mañana desconocido. Entre mis proyectos literarios tengo tres novelas, las tres empezadas, MARINELA BAR, LÁGRIMAS DE UNA MORA, CRIMEN EN LA CATEDRAL, las tres basadas en hechos reales, y otros tres libros de ensayos sobre Antonio Machado, García Lorca y Ortega y Gasset. Quién sabe si algún día, cuando me jubile, pueda retomar la redacción de estos libros en germen.

Otros han materializado lo que en mi sólo eran intenciones y ahora nos llega un magnífico libro escrito por un erudito de apellido muy largo: Witherington. Tal vez la única pega que se le pueda poner está en el título: UNA RESPUESTA DEFINITIVA. Yo no me habría atrevido a tanto. Doscientas veinticuatro páginas de texto no son suficientes para responder a las salvajadas históricas y caprichosas interpretaciones de la Biblia que se permite Dan Brown. Creo que César Vidal, en el prólogo que escribe, lo ve también así. Dice que el autor “no se ha dedicado a refutar uno por uno todos los errores fácticos que contiene el libro”.

Exacto. Es posible que sigan otros libros en la misma línea que el de Witherington.

Hecha esta observación, digo que el autor ha escrito una obra que a mi me parece genial, bien argumentada, bien razonada, desbaratando con fundamento todas las fábulas que se leen en EL CÓDIGO DA VINCI.

El libro de Ben Witherington está dividido en tres partes. Una dedicada a la figura de María Magdalena, de quien acaba de escribir un libro el corresponsal del diario EL PAÍS en Brasil, Juan Arias, que dejó la sotana sacerdotal para contraer matrimonio con su enamorada. La segunda parte trata del canon de las Sagradas Escrituras, demostrando sin dejar lugar a la duda que los 27 libros del Nuevo Testamento dicen la verdad y contienen la verdad inspirada.

Creo que una de las partes más interesantes del libro es la que refuta los siete errores que el autor encuentra en EL CÓDIGO DA VINCI. Lástima que a este tema sólo dedique ocho páginas, porque la impugnación de cada uno de esos errores exige, como mínimo, un capítulo entero.

La refutación del primer error tiene que ver con la canonicidad de los Evangelios. Dan Brown sostiene que los cuatro Evangelios que tenemos en el Nuevo Testamento proceden del siglo II. Witherington responde: “No conozco a ningún estudioso del tema, independientemente de su orientación religiosa, que crea que los Evangelios canónicos fueran escritos después de la segunda mitad del siglo I o, probablemente, en el caso de Juan, los primeros años del siglo II”.

Dice EL CÓDIGO DA VINCI que Jesús fue un gran hombre o profeta a quien se le declaró Dios en el siglo IV, en el Concilio de Nicea. “Esto es claramente falso- escribe nuestro autor-. A Jesús se le llama Dios unas siete veces en el Nuevo Testamento y se le llama Señor, en sentido divino, en numerosas ocasiones”.

Tercer error: Fue el emperador Constantino quien impuso en la Iglesia los Evangelios canónicos y la doctrina de la divinidad de Cristo, dice Brown. Mentira, contesta Witherington. Los cuatro Evangelios y las epístolas de Pablo fueron reconocidos como palabra sagrada mucho antes de que naciera Constantino.

No podía faltar la alusión a María Magdalena, de la que EL CÓDIGO DA VINCI dice alegremente que estuvo casada con Jesús. Libros posteriores al CÓDIGO corrigen a su autor y afirman que con quien realmente contrajo matrimonio Jesús fue con María, hermana de Marta y Lázaro. Witherington responde con brevedad a un tema que está reclamando una obra de muchas páginas. Se limita a señalar que el Nuevo Testamento no dice nada al respecto ni respalda semejante idea que raya en la blasfemia.

Insiste EL CÓDIGO DA VINCI en que, al ser Jesús un auténtico judío y haber alcanzado la edad de treinta años, se imponía que estuviera casado. Es el quinto error que rebate Ben Witherington. Afirma y prueba que en el judaísmo original había muchas excepciones a esta regla.

A Dan Brown se le ocurre escribir en su libro truculento que los Manuscritos del Mar Muerto son los textos cristianos más antiguos. Witherington reacciona con enfado y afirma que “esto es tan falso que constituye un error garrafal de primera categoría”.

Al señalar el séptimo error en EL CÓDIGO DA VINCI, el autor del libro que estoy comentando analiza los desatinos históricos, teológicos y filosóficos que contiene la desdichada obra de Dan Brown.

La Editorial Andamio se ha esmerado en la elaboración de la obra, eligiendo papel y tipo de letra que invitan a la lectura. El precio de venta es relativamente barato. Se trata de una obra que, como el apretón de manos, debería pasar de un individuo a otro. El libro lo merece.
 



Jesús y El Código da Vinci

Pagina nueva 23
   
José de Segovia   
 

Jesús y El Código da Vinci

 
Esta semana se estrena la película sobre El Código da Vinci. Su éxito ha desbordado ya los límites de su dudoso valor literario, para convertirse en un auténtico fenómeno sociológico y religioso, puesto que llama de nuevo la atención sobre la figura de Jesús. ¿Qué fascinación produce todavía Jesús, en una sociedad tan secularizada como la nuestra?, ¿por qué sigue siendo un misterio para muchos?, ¿o es que hay alguna verdad detrás de todas estas extrañas historias?

El Código da Vinci es la historia de cómo un profesor de Harvard, Robert Langdon, y una experta en criptología de la policía francesa, Sophie Neveau, aúnan sus fuerzas tras un misterioso crimen cometido en el Museo del Louvre, para buscar una vez más el secreto del Santo Grial, que ya no se trata de la copa de la Última Cena de algunas sagas artúricas, sino de María Magdalena (“la mujer a quién Jesús había encomendado la tarea de fundar la Iglesia” y por la “que Cristo había tenido descendencia”, pág. 271). Esto no sólo acaba con “cualquier idea de divinidad asociada a él”, sino que da lugar a una organización secreta llamado el Priorato de Sión, que mantiene su descendencia y sigue venerando a una diosa madre por medio de una serie de ritos sexuales, como los antiguos cultos paganos de fertilidad.

Esta sociedad no ha existido nunca. Aparece por primera vez en un libro publicado en inglés en 1982 por los autores de El enigma de lo sagrado (1987), Michael Baigent, Henry Lincoln y Richard Leigh. Esta obra mantiene la peregrina idea de que todavía hay en Europa descendientes en la carne de Jesús, relacionados nada menos que con la casa real francesa de los merovingios. Pero ¿cómo se puede probar semejante árbol genealógico? Para Dan Brown, esto no importa tanto, ya que “tampoco se puede demostrar la autenticidad de la Biblia” (pág. 273). Aunque el escritor de El Código Da Vinci cree que tiene que haber documentos “no manipulados”, anteriores a Constantino, que muestren que “los primeros seguidores de Jesús lo reverenciaban en tanto que maestro y profeta humano” (pág. 273).

Porque según esta novela, Jesús puede ser cualquier cosa, menos Dios. Esto lo confirmaría además el pretendido documento Q, ¡que Brown está tan bien informado, que piensa que “supuestamente, se trata de un libro con las enseñanzas de Jesús escritas tal vez de su puño y letra”!. Ante la sorpresa de Sophie al oir que puede haber “escritos del propio Cristo”, ese gran especialista que pretender ser Teabing, le pregunta: “¿Por qué no podría Jesús haber llevado un registro de su Ministerio? En aquellos tiempos casi todo el mundo lo hacía”. ¡Hasta ese punto llega la ignorancia del autor!

¿SON FIABLES LOS EVANGELIOS?"
Cualquiera que sepa algo de Historia antigua, sabe que la comunicación en los días de Jesús era básicamente oral. La información funcionaba entonces de boca a boca, gracias a la concentración y buena memoria de los discípulos de cualquier maestro. La enseñanza oral era considerada entonces incluso como algo más importante que la escrita. Pero ¿cómo pueden ser entonces fiables los documentos del Nuevo Testamento? Bueno, en principio, son tan fiables como cualquier otro documento de la antigüedad. En primer lugar porque se trata de testimonios contemporáneos, ya que no hay ningún estudioso que feche los cuatro Evangelios más allá del año 100, después de Cristo.

 
 
El problema para Brown es que “la Biblia moderna ha sido compilada y editada por hombres que tenían motivaciones políticas”. Pero ¿cuáles son estas motivaciones? Sobre todo “proclamar la divinidad de un hombre, Jesucristo, y usar la influencia de Jesús para fortalecer su poder” (p. 252). Eso es tan evidente para el autor de El Código da Vinci, que hasta “el clero moderno está convencido de que esos documentos son falsos testimonios”. Por lo que “casi todo lo que nos han enseñado nuestros padres sobre Jesús es falso”. Esto lo sabemos, según Brown, porque hay otros Evangelios además de los que están en la Biblia. Pero ¿cuáles son estos Evangelios?

Siempre ha habido Evangelios que la Iglesia ha considerado como apócrifos, pero la mayoría eran muy posteriores a los cuatro Evangelios. Tratan generalmente sobre su infancia y cuentan historias sobre milagros que Jesús pudo hacer de niño, que aparecen con frecuencia en la Historia del Arte. Hay otras muchas historias extrañas sobre Jesús que vienen de movimientos esotéricos del siglo XIX, como el Evangelio de Acuario del teólogo francés católico convertido al espiritismo Eliphas Leví o el libro del periodista ruso Nicalai Notovich sobre los llamados años perdidos de Jesús en el Tibet. Todos ellos pasan por alto el hecho de la Cruz, para imaginar supuestos viajes por diferentes lugares de Oriente, muriendo finalmente en algún lugar de la India, pero obviamente no hay ninguna base histórica para ellos. Muchos de ellos son de hecho comunicaciones espiritistas, como el mito de Urantia, nacido en círculos adventistas de Chicago en los años veinte, que plagia finalmente Benítez en El Caballo de Troya.

Pero ¿no hay otros Evangelios más antiguos? Ya que Brown no se refiere a ninguno de éstos. ¿Dónde están “algunos de los Evangelios que Constantino pretendió erradicar y se salvaron” (p. 251), según la novela? El personaje del libro parece pensar en Qumrán y Nag Hammadi. El problema es que los manuscritos del Mar Muerto no tienen más cita sobre Jesús que el supuesto fragmento del Evangelio de Marcos, que lo que haría es demostrar aún más su antigüedad. Y los llamados evangelios gnósticos, que se encontraron en Egipto no sólo no cuentan “la verdadera historia del Grial”, sino que tampoco “hablan del ministerio de Cristo en términos muy humanos”, porque son precisamente eso, textos gnósticos, por lo tanto bastante espiritualistas. La mayor parte de ellos son además colecciones de citas de los Evangelios que ya conocemos.

¿FALTA DE EVIDENCIAS?"
Por lo que no nos engañemos, nuestro problema para aceptar la verdad del cristianismo no es realidad falta de información. Ya que en el fondo, no es una cuestión intelectual, como si simplemente nos faltarán datos para poder aceptar las evidencias sobre la verdad de Cristo. En realidad es un problema moral y espiritual. Karl Popper decía ya en 1969 que “la teoría social de la conspiración es una consecuencia de la falta de Dios como punto de referencia y de la consiguiente pregunta: ¿quién lo ha reemplazado?”. Cuando dejamos de creer, inevitablemente tenemos que seguir creyendo en algo o alguien, sea la Madre Naturaleza o aquello para lo que vivo, ya que como diría Bob Dylan, “todos tenemos que servir a alguien”.

Es por eso que bíblicamente, en realidad el no creyente no existe. O crees en el Dios verdadero, o sirves a un ídolo. No hay otra opción posible. Así que si no aceptamos los Evangelios es sencillamente porque no queremos. Preferimos ver a Jesús como a nosotros nos guste. Alguien que hable de amor y paz, sí, pero que no nos diga cómo tenemos que vivir. En todo caso que nos lo muestre como ejemplo. El problema es que el cristianismo, a diferencia de tantas otras religiones, no se basa en unas ideas éticas o espirituales, cuya enseñanza podamos seguir independientemente de la historia y la vida de su fundador. Está claro que para el budista, lo importante no es Buda, sino el camino que él mostró. Pero el cristianismo es Cristo.

El cristianismo es diferente a cualquier otra religión, porque se trata de la relación con una persona. Pero para conocer a Jesús, tienes que leer los Evangelios. No hay otra forma de acercarse a él. Puedes imaginarlo de otra manera, pero ese no es el Jesús de la fe, que podamos contraponer al Jesús histórico, sino que no es más que el Jesús de nuestra imaginación. La fe cristiana en ese sentido es una fe histórica, no porque tenga veinte siglos, sino porque depende de la Historia. Y aunque a algunos les resulte difícil de creer, “los autores antiguos a veces quieren decir lo que dicen, y en ocasiones hasta saben de lo que hablan”...

  

© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España, 2006)




Los sí y los no de "El Código Da Vinci"

Pagina nueva 24

Los sí y los no de "El Código Da Vinci"

Luego de una promocionadísima campaña de marketing, alimentada por las encendidas manifestaciones en contra de su estreno, mañana llega a nuestro país, y a buena parte del planeta, "El código Da Vinci", la película basada en el best seller de Dan Brown y dirigida por Ron Howard.

En coincidencia con la premiere mundial en el Festival de Cannes, ya se conocen muchas críticas , fulminantes en su mayoría, de la prensa especializada de diversos países. LANACION.com asistió a la función privada que la distribuidora local realizó en el día de hoy y en esta nota se analizan algunos aspectos del film que, ante todo, es una película de ficción.

Relato comprimido . Llevar a la pantalla grande la novela de Dan Brown fue un trabajo difícil. Sobre todo si se trata de una texto que alcanza las 500 páginas. En la película de Howard se nota que la complejidad del relato puede abrumar al espectador que, promediando las dos horas de proyección, puede sentirse abrumado con tantas idas y venidas en una historia que, si bien resulta lineal, está salpicada de referencias históricas.

Parte de la religión. Cierto es que los puntos esenciales que plantea el libro y el guión resultan más que sensibles para la fe cristiana: que Jesús alcanza su figura divina a través de un consenso histórico; que mantuvo una relación amorosa con María Magdalena, de cuya unión surgió una descendencia que llega a nuestros días, y que la Iglesia originalmente estaría fundada en este personaje femenino y no en San Pedro. Sin embargo, la película de Howard está estructurada como un mero relato de ficción y que, como tal, tiene como objetivo entretener al público masivo.

Los bueno y los malos . El planteo maniqueísta de los personajes resulta uno de los costados más débiles de la producción. Aquí los que deberían ser buenos (los representantes de la Iglesia) resultan ser muy malos (Silas, el monje albino interpretado por Paul Bettany o Aringarosa, el obispo del Opuse Dei interpretado por Alfred Molina, resultan estereotipados y sin matices. Por su parte, los ateos del caso, Sophie (Audry Tatou) encarnan las buenas intenciones que brotan de un corazón incorrupto. Así las cosas, el planteo se pierde en pinceladas un tanto gruesas.

Buena mano. A pesar de ciertas debilidades narrativas del guión, Ron Howard vuelve a demostrar sus capacidades como director. Aun en las escenas en las que se espera un golpe de efecto (vale decir que en esta película no hay persecuciones, ni tiros, ni saltos del espectador en su butaca), Howard imprime ciertas dosis de tensión apoyadas en una efectiva banda sonora (Hans Zimmer, creador de la música de "El rey león" y "Gladiador", entre otras) y en una lograda fotografía (Salvatore Totino).

El elenco. Una de las apuestas de esta superproducción de 125 millones de dólares es el casting de grandes figuras, listas para seducir a los espectadores. En los papels principales, Tom Hanks le pone su acostumbrado oficio al papel de Robert Lagdon pero es Audrey Tautou (Sophie Neveu) quien parece perdida en la cinta, un tanto por su inglés afrancesado como por su falta de carisma en uno de los roles centrales de la trama. Sin embargo, quien se lleva las palmas es Ian Mckellan (Sir Leigh Teabing), un actor que dio sobradas muestras de sus capacidades para enriquecer cualquier trabajo que pase por sus manos y uno termina por creerle todo lo que propone.

Sin pretensiones. Si bien "El código Da Vinci" es una de las películas más promocionadas de los últimos tiempos seguro es que no quedará en el registro de las mejores películas de la historia ni en la memoria emotiva de los espectadores. Pero de lo que no quedan dudas es que, más allá de ciertas licencias que puedan tomarse, la película cumple con el objetivo de entretener a quien se acerque al cine sin pretensiones.